La tarde caía, tiñendo de oro las pequeñas calles. Abidin, con el corazón palpitante, caminaba hacia su heladería habitual. Había esperado toda la semana por este momento. Encontró un rincón tranquilo, miró alrededor, buscando la figura familiar. Y entonces, ella apareció: Suna, con una sonrisa radiante como la luz del atardecer. “Recuerdo que te gustaba este sabor,” dijo Abidin suavemente, entregándole el helado de fresa. Sus ojos brillaban con una alegría indescriptible. Suna sonrió, aceptando el helado. “Gracias… también recuerdo la vez anterior que nos sentamos aquí.” Su voz suave hizo que el corazón de Abidin se derritiera.
Ambos disfrutaban del helado, sumidos en su espacio privado. Las historias se contaban, los recuerdos se revivían, haciendo que la distancia entre ellos se redujera cada vez más. Sus miradas se cruzaron, transmitiendo emociones que las palabras no podían expresar. En ese momento, el tiempo parecía detenerse. Abidin, reuniendo todo su valor, suavemente tomó la mano de Suna. Ella no retiró su mano, al contrario, la apretó ligeramente. Una sonrisa tímida apareció en sus labios, como un silencioso consentimiento. Los corazones de ambos latían con fuerza, fusionándose con el dulce sabor del helado de fresa. De repente, el sonido del teléfono de Suna interrumpió la atmósfera romántica. Ella pidió permiso para salir a contestar. Mientras esperaba, Abidin no podía evitar sentirse nervioso. Sabía que este era un momento crucial, que podría cambiar todo entre ellos.
Cuando Suna regresó, su mirada era diferente. Una sombra de tristeza pasó por sus ojos, pero luego sonrió de nuevo. “Yo… tengo algo que quiero decirte,” dijo vacilante. Abidin asintió, esperando. “Valoro mucho estos momentos contigo. Pero creo que deberíamos detenernos aquí.” El corazón de Abidin se apretó. No podía creer lo que estaba oyendo. “¿Por qué?” preguntó, con la voz entrecortada. Suna miró sus manos, donde aún quedaba el calor de las suyas. “Yo… ya tengo pareja.” Todo el mundo de Abidin se derrumbó. Intentó reprimir el dolor, pero las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas. Suna lo miró con compasión, luego se levantó y se fue. Abidin se quedó solo en la heladería, mirando el helado de fresa derretido, su corazón lleno de tristeza. Sabía que este era el final de una hermosa historia de amor. Sin embargo, creía que los recuerdos hermosos entre él y Suna siempre serían algo que atesoraría.